No digas que no es un sueño

Cuento publicado en la Revista de Reyes, nº 15 de Lora del Río en diciembre de 2011. 


NO DIGAS QUE NO ES UN SUEÑO      
 
-          - Corre, corre, baja ya, que nos lo vamos a perder.
-          - Espera que no puedo ir tan deprisa como tú. Ya soy mayor y mis piernas no son como las tuyas… ¡Este niño, va a volverme loca!
 
Ya en la puerta de casa, abuela y nieto, salieron a la calle. La nieve cubría toda la acera, los tejados, los árboles del paseo… durante toda la noche los copos de nieve se habían adueñado de aquel lugar haciendo de él su hogar por un tiempo. Todo estaba resplandeciente y los rayos del sol que ya comenzaban a brillar colaboraban en hacer de aquella mañana una bonita estampa de Navidad. 
A la abuela le vino a la memoria su niñez, sus correrías por las calles con sus amigos y amigas, su bufanda de lana a rayas que con tanto esmero le tejió su madre, sus ansias de ser una gran dama de la canción cuando cantaba en el pequeño coro de la iglesia, el olor de las galletas recién horneadas… ¡Hum, toda una vida de sueños por realizar y al final de sus días se encontraba sola en aquella casita, que el esfuerzo y trabajo de su marido, habían dado como fruto!
 
-          Abuela, abuela, ¿puedo ir a jugar con la nieve?

-          Anda, anda, picaron ve, ve y diviértete

De  nuevo a solas con sus pensamientos, la abuela evocó la primera vez que ella pisó la nieve. Tendría unos… ¡Madre mía! Cuantos años atrás, cuantos años habían pasado. Si, tendría unos 10 años. Era Navidad. Sus padres le llevaron a visitar a los abuelos paternos. Vivian en una zona montañosa y en su pueblo natal, cerca de la ribera del rio, no nevaba nunca. En el camino les había anochecido y el sueño le invadió pronto. No observó nada de su alrededor. A la mañana siguiente, cuando se levantó pudo comprobar cómo la madre naturaleza le hacía un regalo maravilloso. Todo blanco, todo nevado, Dios, que sensación recorrió su cuerpo. Seguían cayendo pequeños copos y desde la ventana de la cocina vio cómo varios niños y niñas ya estaban divirtiéndose en la calle. Pero ¡Ay, ella no conocía a nadie en el pueblo de sus abuelos! Su deseo de pisar esa manta blanca, de tocarla y sentirla fue superior a su timidez. Pronto se abrigó y a la calle…  

Sonrió para sí. Sí aquella decisión había cambiado su vida. Allí inició la amistad con quien luego, pasado el tiempo, sería su pareja en la madurez y el padre de su única hija. Aquel chaval que se rió de ella, porque su primera experiencia con la nieve fue de un buen resbalón. Tras las risas, aquellos niños y niñas se acercaron y… sí, jugaron a deslizarse con una tabla, donde unos empujaban y otros iban montados, a hacer bolas y lanzarlas, a realizar dibujos teniendo por lápiz una rama. Habían pasado una mañana agradable y al despedirse, aquel chaval le acompañó hasta la puerta de la casa de sus abuelos y le dijo que volverían a jugar al día siguiente.  Fueron varias Navidades y veranos los que se estuvieron viendo y entre ellos surgió una buena amistad que pronto les llevó a compartir sueños y una vida en común. ¡Cómo le gustaba cuando él le hablaba de ser un gran ebanista y tener su propia empresa!
 
-          Abuela, tengo hambre, ¿podemos ir a comer algo?
-          ¡Este crio!, Anda vamos.

Entraron en la casa. La abuela se dirigió a la alacena y sacó una bandeja con tortas de almendra y galletas. Preparó un rico chocolate y sin darse cuenta, abuela y nieto se estaban dando un buen festín.

-         -  Anda, ahora ve a lavarte los dientes y a cambiarte de ropa, que está húmeda.
-          - Bueno, abuela, pero luego ¿puedo jugar en el desván con los disfraces?
-         -  Buena idea, sí, y así lo ordenamos un poco.
-          - Voy corriendo y ahora vengo.
-          - ¡Este crio!, es igualito que su abuelo, siempre con prisas, siempre corriendo, sin parar de una cosa a otra.
Le invadió un cansancio pasajero. Ya se sentía demasiado mayor y desde que el abuelo faltaba, cada día se le hacía más pesado. Veía su mundo tan vacío. Menos mal que de tarde en tarde, pasaban algunas temporadas en la casa, su hija y su nieto. En esos momentos se llenaba de vida, era un soplo que le infundía esperanza. Pero cuando había  nombrado su nieto el desván, una imagen muy íntima…   

Aquel desván, que durante muchos años, fue su rincón preferido cuando quería tener un tiempo de paz interior. Unas veces, escribía en su diario sus pensamientos; otras, dejaba correr su imaginación inventando grandes historias donde ella, siempre la protagonista, vivía grandes aventuras; en otras ocasiones se tendía entre las mantas y pensaba y pensaba en su vida, dejando correr sus sentimientos. Le gustaba soñar, leer, cantar, hasta que sus obligaciones de madre le volvían a la realidad. Pero aquellos momentos pasados en el desván siempre le dieron fuerzas para seguir adelante. Y ahora su nieto estaba revolviendo en el viejo baúl de la ropa…
 
-          Mira, abuela, soy un pirata.
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Y ya en la etapa final de su vida, se preguntaba si la vida en sí misma no sería un sueño dentro de otro sueño. Si cómo decía Calderón, la vida es sueño y los sueños, sueños son.

MARÍA JESÚS NARANJO INFANTE.  AÑO 2011


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