Un cuento corto para comentar con el alumnado en los primeros días del curso.
LAS TRES REJAS (Cuento Corto)
“El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice:
-Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…
-¡Espera! -lo interrumpe el filósofo- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas?
-Sí. La primera es LA VERDAD. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es LA BONDAD, eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
-No, en realidad no. Al contrario…
-Ah,¡vaya! La última reja es LA NECESIDAD. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
-Entonces -dijo el sabio sonriendo -, si no es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido…”
SÓCRATES
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Ponencia "La búsqueda de la vida en Blas Infante a través de Cuentos de animales, presentada por María Jesús Naranjo Infante en el II Simposio "Blas Infante inexplorado" en Jaén en noviembre de 2010.
Entrevista a María Jesús Naranjo Infante por Uniradio, la radio de la Universidad de Jaén con motivo de la Ponencia "La busqueda de la vida en Blas Infante a través de "Cuentos de animales".
Presentación de la ponencia La búsqueda de la vida en Blas Infante a través de “Cuentos de animales”
Presentación de la ponencia en el II Simposio "Blas Infante inexplorado" en noviembre de 2010 en Jaén.
Una adaptación del cuento de Blas Infante "Los amores de la hermana loba y el perro Preferio" que forma parte del libro "Cuentos de animales". En el año 1921 vio la luz por primera vez y posteriormente ha sido reeditado dos veces en 1984 por la Fundación Blas Infante y en 2011 por la Diputación de Sevilla.
La búsqueda de la vida en Blas Infante a través de “Cuentos de animales”
YO HAGO MI PARTE Y... ¿ TÚ ?.- « Un día, dice la leyenda, se provocó un terrible incendio en el bosque. Todos los animales, asustados, observaban impotentes el desastre. Sólo el pequeño colibrí se fue a buscar unas cuantas gotas de agua con su pico para tirarlas encima de las llamas. Al cabo de un rato, el armadillo le dijo, enfadado: « Colibrí, ¡estás loco! ¿Crees que con cuatro gotas de agua vas a apagar el fuego?” El colibrí le respondió. No lo sé, pero yo hago mi parte » ( De Custodio Guerrero )
Doscientos años después de la publicación del primer volumen de cuentos de los hermanos Grimm, la editorial Taschen publica una recopilación de 27 de sus relatos, traducidos de la edición de 1857 e ilustrados por artistas de diferentes épocas.
Este volumen trae las ilustraciones de destacados artistas de los cien años comprendidos entre 1850 y 1950, de diferentes nacionalidades y estilos artísticos.
Si queréis más información aquí os la dejo en forma de libro virtual.
He encontrado este texto bicheando en Internet. En un principio, tras la primera lectura, dudé de si pudiera ser un texto interesante para compartir, pero posteriormente, y ante un hecho casual, retomé la idea de este pequeño texto. Me ha hecho pensar, cuestionarme y reflexionar cómo a veces estamos tan obsesionados con las planificaciones, nuevas ideas, nuevas metodologías... y programaciones que nos olvidamos de la imaginación y creatividad de nuestro alumnado. (Recuerda a FRATO, ¿verdad?
- Hoy vamos a hacer un dibujo.
- ¡Qué bien!- pensó el pequeño-.
Le gustaba dibujar y podía hacer de todo: vacas, trenes, pollos, tigres, leones, barcos. Sacó entonces su caja de lápices y empezó a dibujar, pero la maestra dijo:
- ¡Esperen, aún no es tiempo de empezar! Aún no he dicho lo que vamos a dibujar. Hoy vamos a dibujar flores.
- ¡Qué bien! -pensó el niño.
Le gustaba hacer flores y empezó a dibujar flores muy bellas con sus lápices violetas, naranjas y azules. Pero la maestra dijo:
- ¡Yo les enseñaré cómo, esperen un momento! - y, tomando una tiza, pintó una flor roja con un tallo verde. Ahora -dijo- pueden comenzar.
El niño miró la flor que había hecho la maestra y la comparó con las que él había pintado. Le gustaban más las suyas, pero no lo dijo. Volteó la hoja y dibujó una flor roja con un tallo verde, tal como la maestra lo indicara.
Otro día, la maestra dijo:
- Hoy vamos a modelar con plastilina.
- ¡Qué bien! -pensó el niño.
Le gustaba la plastilina y podía hacer muchas cosas con ella: víboras, hombres de nieve, ratones, carros, camiones; y empezó a estirar y a amasar su bola de plastilina. Pero la maestra dijo:
- ¡Esperen, aún no es tiempo de comenzar! Ahora -dijo- vamos a hacer un plato.
- ¡Qué bien!- pensó el pequeño-.
Le gustaba modelar platos y comenzó a hacerlos de todas formas y tamaños. Entonces la maestra dijo:
- ¡Esperen, yo les enseñaré cómo! - y les mostró cómo hacer un plato hondo-. Ahora ya pueden empezar.
El niño miró el plato que había modelado la maestra y luego los que él había modelado. Le gustaban más los suyos, pero no lo dijo. Sólo modeló otra vez la plastilina e hizo un plato hondo, como la maestra indicara.
Muy pronto, el pequeño aprendió a esperar que le dijeran qué y cómo debía trabajar, y a hacer cosas iguales a la maestra. No volvió a hacer nada él sólo.
Pasó el tiempo y, sucedió que, el niño y su familia se mudaron a otra ciudad, donde el pequeño tuvo que ir a otra escuela. Esta escuela era más grande y no había puertas al exterior a su aula. El primer día de clase, la maestra dijo:
- Hoy vamos a hacer un dibujo.
- ¡Qué bien!- pensó el pequeño, y esperó a que la maestra dijera lo que había que hacer; pero ella no dijo nada. Sólo caminaba por el aula, mirando lo que hacían los niños. Cuando llegó a su lado, le dijo:
- ¿No quieres hacer un dibujo?
- Sí -contestó el pequeño-, pero, ¿qué hay que hacer?
- Puedes hacer lo que tú quieras - dijo la maestra.
- ¿Con cualquier color?
- ¡Con cualquier color - respondió la maestra-. Si todos hicieran el mismo dibujo y usaran los mismos colores, ¡cómo sabría yo lo que hizo cada cual!
El niño no contestó nada y, bajando la cabeza, dibujó una flor roja con un tallo verde".
Este cuento es creación de una amiga de facebook, maestra, para el alumnado de su clase. Le he pedido permiso para compartirlo en el blog, pues pienso que es un buen cuento para animar al alumnado a ingerir todo tipo de alimentos, como para investigar en la asignatura de conocimiento del medio, así como para crear cuentos teniendo como personajes a los distintos alimentos... para utilizar estrategias de comprensión lectora... huy huy que me enrollo...
El pequeño gran cocinero
Había una vez, hace mucho tiempo, una tribu que vivía en el valle de una montaña muy, muy alta.
En aquella tribu vivía un niño que se llamaba Kiromo. Kiromo era un niño muy terco y no le gustaba comer nada de nada. Su familia estaba muy preocupada porque no comía mucho, pero Kiromo, cuando iba al bosque y nadie lo veía, se hartaba de frutos.
Un día en Kiromo estaba en el bosque y cuando volvió a casa se encontró que todos, grandes y pequeños estaban muy enfermos; Kiromo pensó que mejorarían en un rato, pero no fue así. Como había visto hacer a los mayores, Kiromo fue a visitar al médico de la tribu para pedirle consejo. Pero el médico también estaba enfermo y no le podía ayudar.
- ¿Qué puedo hacer? - Le preguntó al médico.
El médico, haciendo un gran esfuerzo le dijo:
- Esta enfermedad es muy peligrosa y sólo podrás curarnos si consigues hacer una comida que tenga todas las vitaminas, las proteínas y nutrientes que necesita nuestro cuerpo para estar fuertes.
- ¿Y dónde puedo encontrar todas estas cosas tan complicadas? Yo no sé que son.
- Las vitaminas, proteínas y demás nutrientes se encuentran en los alimentos que comemos cada día.
Pobre Kiromo, esto era muy difícil para él ya que nunca quería comer nada de lo que su familia preparaba. Pero viendo la gravedad de esta rara enfermedad se puso en pie y comenzó a trabajar en la elaboración de lo que sería la comida de la curación.
El médico le explicó en qué alimentos podría encontrar cada nutriente.
Primero fue a buscar las verduras y las frutas en el huerto para obtener muchas vitaminas. También cogió huevos del gallinero y las legumbres que había en la despensa de su madre. Puso al fuego una olla bien grande que utilizaban para las grandes celebraciones. Fue a buscar al río agua para llenar media olla y, cuando estaba bien caliente, fue añadiendo todos los ingredientes. En el bosque encontró hierbas aromáticas que usaba el médico para curar enfermedades. Cuando tuvo todo dentro de la olla, bien pelado y cortadito, se sentía tan cansado como los demás que estaban enfermos. Pero pronto la comida que les debía de curar estaba lista.
Estaba muy débil pero lo debía repartir a todos. Como lo había cocinado él, decidió probar si estaba bueno. Sólo probarlo se sintió mucho más fuerte. El gusto era un poco fuerte y no es que le gustara, pero le hacía sentir tan fuerte que tomó un buen plato. Y con las fuerzas renovadas, comenzó a repartir platos a los demás miembros de la tribu, que al sentirse mejor, le ayudaron a dar los que aún estaban débiles. En poco tiempo, todo el mundo estuvo curado y muy contentos de que Kiromo los hubiera salvado. Se lo agradecieron con una gran fiesta y lo nombraron Gran Cocinero de la tribu. Kiromo aprendió que los alimentos, incluso los que no nos gustan, son muy importantes y hay que probar y comer de todo un poco para estar fuertes y sanos. Fin
Una vieja leyenda relata como un rey regaló a otro rey, que visitaba su reino, una espléndida manada de alces. Hermosos. Soberbios con sus espectaculares astas. De vuelta a su reino con la manada, el rey decidió instalarlos en un gran bosque junto a una laguna.
El clima era el apropiado. La hierba y las hojas eran abundantes. Magnífico alimento. Durante meses los alces llevaron una feliz vida furtiva. Se apareaban bajo las hayas. Con el resto de animales mantenian la lógica desconfianza (la misma desconfianza que se erige entre los seres humanos).
Un día normal los alces comenzaron a morir. El rey preocupado, muy preocupado, llamó a sus guardabosques y les preguntó cuál podía ser la causa. Nadie encontró una razón. Nada había que explicase la muerte repentina de los alces. Morían como árboles caídos.
El rey que regaló los alces, enterado de lo que estaba sucediendo, envió a su mejor guardabosques… Este se instalo en una pequeña cabaña en el interior del bosque. Día tras día los observó.
Al cabo de una semana visitó al rey y le dijo: Hay una cosa que les falta a los alces para vivir. ¿De qué se trata?, preguntó el rey con ansiedad. Los lobos. Sí, los lobos le faltan… Mejor dicho, les falta el miedo que producen los lobos.
Siempre estuvieron acostumbrados, los alces, a vivir con el miedo que les producían los lobos y, ahora, sin ellos no saben vivir. Sebastián de la Obra
¿qué tal un coche que en lugar de gasolina necesita espinacas? Su lucha por conseguir que vendan verduras en las gasolineras prácticamente nos deja el cuento hecho
Como ves, cuanto más ilógicas son las asociaciones, más loco y divertido es el cuento
¿qué tal si la madrastra de blancanieves no encontrara el espejo? ¿o si en lugar de una madrastra, blancanieves, una manzana y los enanitos, habláramos del entrenador, un niño futbolista, un balón pinchado y los amigos del niño? ¿o cambiando de época y lugar, para que cenicienta pueda dejar de limpiar el metro y tomarse unas soñadas vacaciones en la luna, donde pierde su teléfono móvil?
¡¡Prepárate a pensar algo con un escenario, una rana y un ciempiés!! Tras la primera sorpresa, terminas viendo sobre el escenario una carrera de ranas montando sobre ciempiés salvajes, ¡a ver quién gana!
Otra variante es que el propio niño participe en la historia. En ese caso, estará muy atento, pero hay que ser muy hábil manejando las cualidades y defectos que se muestren durante la historia.
AUTOR: PEDRO PABLO SACRISTÁN
Había una vez una espada preciosa. Pertenecía a un gran rey, y desde siempre había estado en palacio, partipando en sus entrenamientos y exhibiciones, enormemente orgullosa. Hasta que un día, una gran discusión entre su majestad y el rey del país vecino, terminó con ambos reinos declarándose la guerra.
La espada estaba emocionada con su primera participación en una batalla de verdad. Demostraría a todos lo valiente y especial que era, y ganaría una gran fama. Así estuvo imaginándose vencedora de muchos combates mientras iban de camino al frente. Pero cuando llegaron, ya había habido una primera batalla, y la espada pudo ver el resultado de la guerra. Aquello no tenía nada que ver con lo que había imaginado: nada de caballeros limpios, elegantes y triunfadores con sus armas relucientes; allí sólo había armas rotas y melladas, y muchísima gente sufriendo hambre y sed; casi no había comida y todo estaba lleno de suciedad envuelta en el olor más repugnante; muchos estaban medio muertos y tirados por el suelo y todos sangraban por múltiples heridas...
Entonces la espada se dio cuenta de que no le gustaban las guerras ni las batallas. Ella prefería estar en paz y dedicarse a participar en torneos y concursos. Así que durante aquella noche previa a la gran batalla final, la espada buscaba la forma de impedirla. Finalmente, empezó a vibrar. Al principio emitía un pequeño zumbido, pero el sonido fue creciendo, hasta convertirse en un molesto sonido metálico. Las espadas y armaduras del resto de soldados preguntaron a la espada del rey qué estaba haciendo, y ésta les dijo:
- "No quiero que haya batalla mañana, no me gusta la guerra".
- "A ninguno nos gusta, pero ¿qué podemos hacer?".
- "Vibrad como yo lo hago. Si hacemos suficiente ruido nadie podrá dormir".
Entonces las armas empezaron a vibrar, y el ruido fue creciendo hasta hacerse ensordecedor, y se hizo tan grande que llegó hasta el campamento de los enemigos, cuyas armas, hartas también de la guerra, se unieron a la gran protesta.
A la mañana siguiente, cuando debía comenzar la batalla, ningún soldado estaba preparado. Nadie había conseguido dormir ni un poquito, ni siquiera los reyes y los generales, así que todos pasaron el día entero durmiendo. Cuando comenzaron a despertar al atardecer, decidieron dejar la batalla para el día siguiente.
Pero las armas, lideradas por la espada del rey, volvieron a pasar la noche entonando su canto de paz, y nuevamente ningún soldado pudo descansar, teniendo que aplazar de nuevo la batalla, y lo mismo se repitió durante los siguientes siete días. Al atardecer del séptimo día, los reyes de los dos bandos se reunieron para ver qué podían hacer en aquella situación. Ambos estaban muy enfadados por su anterior discusión, pero al poco de estar juntos, comenzaron a comentar las noches sin sueño que habían tenido, la extrañeza de sus soldados, el desconcierto del día y la noche y las divertidas situaciones que había creado, y poco después ambos reían amistosamente con todas aquellas historietas.
Afortunadamente, olvidaron sus antiguas disputas y pusieron fin a la guerra, volviendo cada uno a su país con la alegría de no haber tenido que luchar y de haber recuperado un amigo. Y de cuando en cuando los reyes se reunían para comentar sus aventuras como reyes, comprendiendo que eran muchas más las cosas que los unían que las que los separaban.



